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Maximino I el Tracio y la hipótesis de la acromegalia: análisis numismático, escultórico y literario

18 de febrero de 2026 por Juan Bárez Deja un comentario

Por Juan Bárez García

Roma, primavera del año 235 d.C.
La ciudad amanece inusualmente clara, casi limpia, gracias a la lluvia nocturna y al viento persistente que ha barrido, al menos por unas horas, el aire espeso que normalmente la envuelve: un aire cargado de humo, hollín de chimeneas, el hedor acre de los vertidos y la respiración de una urbe desbordada.
En la Regio Tertia, cerca del Coliseo, un edificio modesto y sin pretensiones destaca por una seguridad discreta pero inusualmente estricta. Su apariencia recuerda más a una herrería que a lo que en realidad es: “la officina monetalis”, el taller de acuñación de moneda de Roma. Allí, la actividad ha comenzado con el primer resplandor del alba. El sonido del martillo y del buril ya retumba en las estancias interiores cuando un emisario del Senado irrumpe con una orden urgente para el “procurator monetae”. El mensaje es claro: debe cesar de inmediato toda acuñación con el retrato de Alejandro Severo.

El emperador ha sido asesinado por sus propias tropas, lejos, cerca de Maguncia, en las frías tierras del Rin. El Senado, arrastrado por los hechos consumados, ha reconocido a regañadientes al nuevo emperador impuesto por la fuerza de las legiones: Maximino, el Tracio, un coloso surgido del ejército, el primer emperador de origen plebeyo, el primero ajeno a la aristocracia senatorial, el primero que ha alcanzado el poder únicamente con la espada y el favor de los soldados. En ese preciso momento, los grabadores y abridores de cuños se ponen manos a la obra. Se necesita un nuevo retrato, nuevos cuños, nuevas leyendas.

Un completo desconocido para la aristocracia romana, que ni siquiera llegó a poner un pie en la Urbe. Un soldado cuya carrera, según las fuentes, se forjó gracias a su imponente talla, su fortaleza física y su valentía en el campo de batalla. Fue el emperador Septimio Severo quien lo incorporó a la guardia pretoriana, iniciando así un ascenso militar imparable.

Maximino es ampliamente considerado el primero de los llamados «emperadores-soldado», y su reinado marcó el final de la dinastía Severa. A menudo se le sitúa como el punto de partida de la etapa conocida como la «crisis del siglo III», un periodo convulso caracterizado por guerras constantes, amenazas en las fronteras y una inestabilidad interna crónica. Comenzó entonces una sucesión de emperadores de corta duración, muchos de los cuales murieron a manos de sus propias tropas, de rivales políticos o en el fragor del combate.

Como ocurre con muchos de sus sucesores, la información fiable sobre los primeros años de quien llegaría a ser el emperador Maximino es escasa. Se afirmaba que procedía de una familia de origen humilde y que había ascendido desde la base del escalafón militar. No obstante, también se ha sugerido que sus padres pudieron pertenecer a la aristocracia local y que su trayectoria se desarrolló dentro del orden ecuestre.

1. Rasgos físicos e hipótesis médica

Las fuentes antiguas coinciden en describir a Maximino el Tracio como un hombre de estatura colosal, muy superior a la media de su tiempo, dotado de una fuerza y resistencia extraordinarias. Estas cualidades facilitaron su ascenso meteórico dentro del ejército, hasta llegar a ocupar el trono imperial.

En las representaciones numismáticas y escultóricas se le muestra con una frente prominente, nariz aquilina y mandíbula prognata, rasgos que han llevado a algunos investigadores modernos a plantear la hipótesis de que padeciera acromegalia, una enfermedad causada por un adenoma hipofisario que provoca la secreción excesiva de hormona del crecimiento.

A esta sintomatología física se suman referencias antiguas a un cambio progresivo en su carácter, que, según se decía, se volvió cada vez más cruel, violento y paranoico con el paso del tiempo. Algunos estudiosos han considerado que este deterioro psíquico podría estar relacionado con alteraciones neuroendocrinas derivadas de dicha patología.

2. Testimonios literarios antiguos

2.1 Herodiano

El historiador Herodiano, autor de la Historia del Imperio romano desde la muerte de Marco Aurelio, ofrece un retrato especialmente vívido de Maximino, en el que subraya tanto su extraordinaria corpulencia como su carácter temible. Señala que, al llegar a la plenitud de la edad, su estatura y su fuerza fueron tan notables que fue alistado directamente en la caballería (Herodiano, VI.8.1). Más adelante, describe cómo su inclinación natural hacia la violencia se acentuó aún más, presentándolo como un hombre de aspecto aterrador y de tamaño colosal, sin comparación posible ni siquiera con los atletas griegos mejor entrenados o con los más robustos guerreros bárbaros (Herodiano, VII.1.2). Este testimonio refuerza la imagen de un emperador cuya presencia física resultaba tan imponente como intimidante, y muestra hasta qué punto la fuerza corporal formaba parte central de su identidad pública.

2.2 Historia Augusta

Pese a su valor histórico desigual, la Historia Augusta aporta detalles reveladores sobre la percepción del personaje y refuerza la imagen de Maximino como un auténtico coloso físico, aunque mediante recursos propios de la exageración literaria.

En el plano narrativo, se relata que, en su juventud, durante unos juegos a los que asistía el emperador Septimio Severo, venció a dieciséis hombres corpulentos, lo que le valió premios militares. Más tarde, derrotó también a siete soldados en combate singular, ganándose con ello un collar de oro y un puesto en la guardia imperial (Historia Augusta, Vita Maximini, II.3–7; III, passim).

Junto a estos episodios, el texto ofrece una caracterización muy expresiva del personaje, con descripciones que parecen deliberadamente exageradas y propias de la tradición literaria. Se destaca su supuesto tamaño extraordinario, su valor entre los soldados y su aspecto varonil y atractivo, aunque acompañado de modales feroces y un carácter áspero, arrogante y desdeñoso, si bien en ocasiones justo. Añade además detalles sobre sus hábitos, como que bebía a diario un ánfora de vino capitolino y consumía entre cuarenta y sesenta libras de carne, que no solía ingerir verduras ni bebidas frías salvo por estricta necesidad, y que incluso recogía su propio sudor en vasos, llegando a mostrar hasta dos o tres pintas. Finalmente, se menciona un rasgo físico especialmente llamativo: su pulgar era tan grande que podía usar una pulsera femenina como anillo y que, según Cordus, su estatura alcanzaba los ocho pies y seis pulgadas romanas (unos 2,56 metros), lo que refuerza la impresión de que nos hallamos ante un retrato más literario que estrictamente realista.

3. Hazañas legendarias

La tradición legendaria que rodea a Maximino el Tracio se alimenta de relatos que parecen más propios de la mitología heroica que de la historiografía romana. Se le atribuían proezas extraordinarias, como arrastrar carros con las manos desnudas, empujar vehículos completamente cargados, derribar caballos de un solo golpe o romper piedras y desgajar pequeños árboles únicamente con la fuerza de sus brazos. Estas supuestas hazañas le valieron comparaciones con figuras paradigmáticas de la fuerza en la Antigüedad, como Milón de Crotona, el célebre atleta griego, y también con héroes y gigantes míticos como Hércules o Anteo, este último famoso por obtener su fuerza del contacto con la tierra.

4. Representación escultórica y damnatio memoriae

Los bustos conservados de Maximino I el Tracio difícilmente pueden considerarse retratos plenamente fidedignos. Tras su muerte fue objeto de una damnatio memoriae, lo que supuso la destrucción o mutilación sistemática de sus imágenes. Como consecuencia, las pocas esculturas que han llegado hasta nosotros se encuentran muy fragmentadas o han sido objeto de amplias restauraciones en épocas posteriores, lo que limita considerablemente su valor como fuente directa para el estudio de su fisonomía.

El ejemplo más representativo es el busto conservado en los Museos Capitolinos de Roma, que presenta numerosas intervenciones modernas. En él, ambas orejas, parte de la nariz, la barbilla y la ceja izquierda han sido reconstruidas, y la cabeza, que fue hallada partida por debajo de los ojos, fue posteriormente recompuesta. Aunque estas restauraciones han sido necesarias para su conservación y exhibición, obligan a extremar la cautela a la hora de interpretarlo como una representación auténtica del emperador. Ante la ausencia de modelos escultóricos íntegros, los restauradores han recurrido con frecuencia a las monedas imperiales como principal referencia iconográfica, de modo que es precisamente a través de la numismática como puede seguirse con mayor fiabilidad la evolución del retrato oficial de Maximino.

Las imágenes de la izquierda y central son de un busto que se conserva en los Museos Capitolinos de Roma,. El busto fragmentado de la derecha se conserva en el Museo Palatino de Roma.

5. Iconografía de Maximino en la numismática y evaluación de la hipótesis médica

Partiendo de la hipótesis, planteada por algunos investigadores modernos, de que Maximino el Tracio pudo haber padecido acromegalia, las monedas imperiales constituyen una fuente especialmente valiosa para analizar hasta qué punto esta patología pudo reflejarse en su imagen oficial, más aún si se tiene en cuenta la escasez de retratos escultóricos fiables como consecuencia de la damnatio memoriae.

Las monedas de Maximino I el Tracio presentan, sin embargo, una notable variabilidad iconográfica, lo que dificulta la reconstrucción exacta de su apariencia real. Aunque en algunos tipos monetales pueden reconocerse rasgos compatibles con la acromegalia, como la mandíbula prominente, el mentón saliente o la frente abombada, esta diversidad no puede explicarse por una progresión observable de la enfermedad, ya que se trata de un proceso lento cuyos cambios físicos se desarrollan a lo largo de años. Dado que las emisiones monetales se concentran en un periodo muy breve, entre 235 y 238 d. C., resulta improbable que las diferencias marcadas entre retratos respondan al avance clínico de dicha patología.

Desde el punto de vista de la producción, los denarios de Maximino fueron acuñados mayoritariamente en la ceca de Roma, con la posible excepción de alguna emisión oriental. La acuñación cesa hacia marzo o abril del año 238, cuando la ceca pasa a emitir monedas a nombre de los Gordianos y, posteriormente, de Balbino y Pupieno. La cronología de las emisiones puede seguirse con bastante precisión gracias a las menciones de la tribunicia potestas en las leyendas de reverso: sin numeral en 235, TR P II en 236, TR P III en 237 y TR P IIII en 238. De forma resumida, la secuencia de leyendas se distribuye así:
235 d. C.: IMP MAXIMINVS PIVS AVG // P M TR P P P.
236 d. C.: IMP MAXIMINVS PIVS AVG o IMP MAXIMINVS PIVS AVG GERM // P M TR II COS P P.
237 d. C.: IMP MAXIMINVS PIVS AVG GERM // P M TR III COS P P.
238 d. C.: IMP MAXIMINVS PIVS AVG GERM // P M TR IIII COS P P.

Conviene señalar que el Roman Imperial Coinage (RIC) no distingue sistemáticamente las variaciones iconográficas entre los distintos tipos de busto, de modo que un mismo número RIC puede agrupar monedas con retratos faciales muy diferentes, lo que complica la identificación tipológica y la ordenación cronológica basada únicamente en dicho catálogo.

Tipología de los bustos monetales de Maximino I

A pesar de estas limitaciones, el análisis detallado de los retratos permite distinguir cuatro grandes tipos de busto que pueden ordenarse de forma cronológica relativa. Esta tipología resulta fundamental para explicar la variabilidad iconográfica observada sin recurrir necesariamente a cambios físicos reales del emperador.

El busto tipo 1, datable en la primavera de 235, corresponde a las emisiones inmediatamente posteriores a la proclamación de Maximino. Es probable que estas monedas fueran acuñadas cuando los grabadores aún no disponían de retratos oficiales del nuevo emperador, por lo que recurrieron a modelos genéricos inspirados en la iconografía tardía de Alejandro Severo, con barba, apariencia más madura y nariz aguileña (RIC IV B: 1, 7A, 12, 13, 14).

El busto tipo 2, fechado entre el verano de 235 y la primavera de 236, mantiene una composición similar, pero introduce rasgos más marcados, como nariz recta, mandíbula incipiente, cuello más robusto y una expresión más severa. Este cambio sugiere la llegada de referencias visuales, ya fueran retratos escultóricos, bocetos oficiales o descripciones transmitidas desde la corte, de modo que el retrato comienza a reflejar con mayor claridad la individualidad del emperador (RIC IV B: 3, 7A, 10, 13, 14, 16, 17).

Lucernae. Lote 367. Imperio Romano. Maximino I El Tracio (235-238 d.C.) Denario. (2,90 g., 22 mm.) Roma 235 d.C.
IMP MAXIMINVS PIVS AVG /
P M TR P P P. RIC IV B 1; BMCRE 11; RSC 46.
Lucernae. Lote 368. Imperio Romano. Maximino I El Tracio (235-238 d.C.). Denario(2,78 g. 21 mm), Roma
IMP MAXIMINVS PIVS AVG.
PROVIDENTIA AVG, RIC IV B 13.

El busto tipo 3, vigente aproximadamente desde la primavera de 236 hasta 238, presenta ya una fisonomía claramente diferenciada, con frente abombada, mandíbula prognata, cuello grueso y mirada penetrante. En este momento el emperador aparece con mayor frecuencia armado o con coraza, reforzando la imagen del emperador-soldado, duro y autoritario. Algunos de estos rasgos pueden considerarse compatibles con la acromegalia, aunque su aparición relativamente rápida apunta más bien a la consolidación de un modelo iconográfico oficial (RIC IV: 4, 5, 7A, 12, 14, 16, 18A, 20, 21).

Lucernae. Lote 366. Imperio Romano. Maximino I El Tracio (235-238 d.C.). Denario (2,84 g. 20 mm.), Roma, 235-236 d.C.
Lucernae. Lote 370. Imperio Romano. Maximino I El Tracio (235-238 d.C.). Denario (2,78 g. 20 mm.), Roma. MAXIMINVS PIVS AVG GERM /
PROVIDENTIA AVG

Por último, el busto tipo 4, correspondiente al final del reinado, ofrece un retrato casi caricaturesco, con rasgos exagerados, prognatismo muy acusado, frente muy abombada y expresión feroz. Este tipo aparece asociado exclusivamente, aunque no de forma sistemática, a emisiones con el agnomen Germanicus (abreviado GERM). Estas representaciones tardías podrían deberse tanto a la intervención de grabadores menos hábiles como a una intensificación deliberada del mensaje visual, acentuando los rasgos de fuerza extrema y ferocidad del emperador (RIC IV B: 6, 19, 20, 23).

En conjunto, la secuencia de estos cuatro tipos de busto sugiere que la variabilidad iconográfica responde principalmente a un proceso progresivo de ajuste del retrato oficial, condicionado por la disponibilidad de modelos y por la evolución del mensaje propagandístico, más que a una transformación física real del emperador en un periodo de tiempo tan breve.

Lucernae. Lote 365. Imperio Romano. Maximino I El Tracio (235-238 d.C.) Sestercio (23,40 g. 33 mm). Roma, 235-236 d.C.
MAXIMINVS PIVS AVG GERM/
SALVS AVGVSTI.

6. Conclusión

La acromegalia, por su carácter lento y progresivo, no puede explicar por sí sola las rápidas variaciones observadas en los retratos monetales de Maximino entre los años 235 y 238 d. C. Pueden transcurrir años hasta que los cambios físicos derivados de esta enfermedad se hagan plenamente evidentes, por lo que resulta poco plausible atribuir a esta patología las modificaciones apreciables en la fisonomía facial del emperador en un intervalo de tiempo tan breve, coincidente además con el conjunto de sus emisiones monetales.

Resulta más verosímil que los bustos de los tipos 1 y 2 se basaran en conjeturas, modelos genéricos o referencias heredadas de la iconografía de su predecesor, elaboradas cuando los grabadores aún no disponían de un retrato oficial fiable del nuevo emperador. En cambio, los tipos 3 y 4 reflejarían una aproximación más fiel a su aspecto real, en la que sí se manifiestan rasgos compatibles con la acromegalia, como el prognatismo mandibular, el marcado arco superciliar y el engrosamiento general de los rasgos faciales.

En este sentido, las emisiones monetarias de Maximino I el Tracio se revelan no solo como instrumentos de propaganda imperial, sino también como valiosos documentos iconográficos que permiten una aproximación retrospectiva, aunque necesariamente cautelosa, a su posible estado de salud. Lejos de ocultarse, estos rasgos parecen integrarse conscientemente en la imagen oficial del emperador, reforzando una estética de fuerza desmesurada y vigor físico, coherente con el modelo del emperador-soldado.

Esta construcción visual no puede desligarse del contexto político y militar en el que se produjo. El inicio de la llamada crisis del siglo III supuso una ruptura con las formas tradicionales de legitimación del poder imperial, dando lugar a un sistema en el que la autoridad se sustentaba cada vez más en el apoyo del ejército. En este marco, la iconografía de Maximino no solo puede reflejar una posible realidad biológica, sino que debe entenderse también como una estrategia simbólica destinada a legitimar su autoridad mediante la exaltación de la fuerza y la capacidad militar, rompiendo con las formas tradicionales de legitimación del poder imperial vigentes hasta entonces.

Bibliografía

Fuentes primarias

Herodiano. Historia del Imperio romano desde la muerte de Marco Aurelio. Traducción de Carlos García Gual. Madrid: Gredos, 1985.

Historia Augusta. Vida de Maximino. En Historia Augusta, traducción de Vicente Picón García. Madrid: Gredos, 2008.

Zósimo. Historia nueva. Traducción de José María Candau. Madrid: Gredos, 1992.

Fuentes secundarias

Mattingly, Harold, y Edward A. Sydenham. The Roman Imperial Coinage. Vol. IV, pt. 1: Pertinax to Geta. London: Spink, 1930.

Sear, David R. Roman Coins and Their Values. Vol. II: The Accession of Nerva to the Overthrow of the Severan Dynasty. London: Spink, 2000.

Varner, Eric R. Mutilation and Transformation: Damnatio Memoriae and Roman Imperial Portraiture. Leiden: Brill, 2004.

Melmed, Shlomo. “Acromegaly.” New England Journal of Medicine 346, no. 13 (2002): 966–977.

Gibbon, Edward. Historia de la decadencia y ruina del Imperio romano. Traducción de José Mor de Fuentes. Madrid: Turner, 2006.

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Publicado en: Noticias

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